La historia de Luis Suárez Miramontes, el Balón de Oro español
En Instituto
Fútbol hemos querido hacerle un homenaje a un futbolista que no ha sido
valorado en España como se merece. Ese futbolista, por supuesto, es Luis Suárez Miramontes,
el Balón de Oro español.
Si
hay un barrio popular en La Coruña, este es Monte Alto. Situado en
una zona privilegiada de la ciudad, con el mar circundando el promontorio en el
que se instala, Monte Alto fue y es zona de pescadores, de obreros, de personas
humildes, pero sobre todo es un lugar que define a sus gentes por su particular
carácter. Si uno va a La Coruña inmediatamente se identifica a la gente de
Monte Alto por su peculiar forma de ser. Gente directa y clara, sin floreo en
la comunicación, abierta y llana, con un empaque particular que los hace
temidos y a la vez queridos. La gente del barrio, ruda en las formas pero
tierna en el fondo, con corazón para entender los avatares de la vida sin
necesidad de explicarlos con palabras barrocas.
Ese
carácter no se intuye, se deja ver inmediatamente en el trato personal y marca
la interacción directa, enriqueciendo las distancias cortas y matizando con
retranca los vericuetos de la conversación.
Un
lugar que te define y si te has criado allí, te marca y te identifica.
En
la Avenida Hércules del barrio de Monte Alto nació Luis Suárez Miramontes.
En plena primavera coruñesa, un dos de mayo de 1935, en una familia humilde
dedicada al negocio familiar, una carnicería y con una querencia habitual por
aquellos pagos en esas épocas, la vista puesta en América, concretamente en
Argentina. Allí creció el pequeño Luisito en un entorno característico, con las
carencias propias de un barrio obrero pero gozando del privilegio de disfrutar
de un entorno único. Sus tíos definieron su destino hacia el cono sur, sus
padres decidieron aguantar y sacar adelante una carnicería que a Luisito no
atraía en absoluto.
Luis,
como todos los niños del lugar, tenía en la calle y los amigos su hábitat
natural y como no podía ser de otra manera, el fútbol ocupaba un lugar
privilegiado en su tiempo de ocio.
El
Perseverancia, un equipo premonitorio
Allí,
en una época de escasez, con las consecuencias propias de una autarquía
impuesta, los descampados característicos de un período de postguerra y las
cartillas de racionamiento como algo natural en la vida cotidiana de la gente,
Luis pasaba mucho tiempo rodeado de niños con un balón de por medio. Y como
entre niños con balón siempre anda la iglesia, un párroco del lugar decidió
organizar los rebumbios particulares de cada grupo en un equipo de fútbol.
Nacía así el primer equipo en el que militaría Luis Suárez, El Perseverancia. Su
nombre indica su origen, de la mentalidad abierta de un cura de barrio que
busca una salida a la miseria popular a través de un juego que requiere astucia
y constancia. Para llegar era necesario, ante todo, perseverar. Si el nombre lo llevabas impreso en el
escudo, la memoria nunca te haría pasar por los malos momentos de no acordarte
del objetivo principal de todo niño que quiere ser futbolista, hacer uso
cotidiano de la perseverancia.
En
ese contexto Luis Suárez encontró con su camino. En su mente fantaseaba con ser
cirujano, la realidad le marcaba la dirección hacia una carnicería de barrio,
honorable pero sacrificada y poco atractiva para la visión romántica de un
chico de la época. El
fútbol era divertimento y autoestima. Ambos se encontraron de
golpe para unirse a algo que el joven Luis llevaba escondido y dejaba salir
solo cuando la pelota terciaba entre dos contendientes, el talento.
Pero
el talento, además de regarlo con la práctica y la constancia, debe ser catado
delicadamente por alguien experto. No todos están llamados a ver y percibir las
virtudes ajenas y más en un entorno de falta de medios y rutina, enmarcado en
la doctrina y la fe. Se necesita un ojo limpio y sin prejuicios, sin dobleces
ni intereses insanos. Y Luis
tuvo la enorme suerte, casi el privilegio de ser observado por alguien que
respondía a tal cúmulo de particularidades.
Scopelli,
el hombre que descubrió a Luis Suárez Miramontes
A
los catorce años, Luis Suárez era invitado a formar parte de las fuerzas vivas
del más importante equipo de la ciudad, el Real Club Deportivo La Coruña y el ojo
adiestrado de un argentino avezado en el fútbol, llamado Alejandro Scopelli, lo
incitó a tomarse este deporte como algo más que un simple pasatiempo.
Así
Luis cumplía el gran sueño de todo niño de barrio, jugar en el equipo de su
ciudad. Y a poco que iba creciendo y dotándose de argumentos futbolísticos, la
oportunidad de acercarse a sus ídolos se incrementaba. Al punto que llegó el
momento de interactuar con los grandes, a pesar de ser parte y arte de un
filial, el Fabril,
el paso previo al salto definitivo.
Y
ahí Luis empieza a disfrutar de la costumbre de verse y convivir con las
estrellas del momento, gente elevada como Pahíño, futbolista de enorme calidad, con
experiencia en grandes clubes y sobre todo con inquietud por la cultura. Jugador
con facilidad para la comunicación y gusto por la lectura, transmitía en todo
momento esa sensación de estar al lado de alguien diferente. Dostoievski, Tolstoi y Chejov eran
compañeros habituales de este genial delantero.
A
su lado, Luis recibiría sabios consejos y tiempo de calidad que le servirían
para ahondar en la naturaleza humana de quienes se aventuran al fútbol y
perciben la existencia desde la satisfacción y el gusto de regalarse el
disfrute por el arte y el buen vivir.
Convivirá
con mitos como Juan
Acuña, el mejor portero que Galicia ha traído al mundo y un
ídolo local, o con Zubieta,
quien vivía sus últimos años futbolísticos. Tendría Suárez la oportunidad de
compartir fútbol y risas con grandes futbolistas que generacionalmente no
estaban demasiado alejados de él, como Arsenio Iglesias, un joven zorro de Arteixo
que el tiempo lo convertiría en referencia obligada del deportivismo, Dagoberto Moll, un
uruguayo llamado a abrir muchas puertas o los inolvidables Lechuga, Mangriñán, Tito Blanco, Collado
o Irusqueta, quienes bajo la batuta de Iturraspe en el
banquillo, trataban de llevar al Deportivo a cotas más elevadas que la simple
permanencia en la categoría.
En la temporada 1953-1954, da el salto definitivo al fútbol
profesional y en ese ejercicio, Luisito Suárez muestra al fútbol español sus
cualidades definitorias. El fútbol se dibujaba con claridad en el lienzo
verde en el que Luis sacaba a pasear su enorme facilidad para entender el
juego.
El pase, la virtud de ver
el momento oportuno de lanzar el esférico para garantizar su llegada en la
mejor condición para que su compañero optimice el esfuerzo; el regate sencillo, el
recorte de exterior que tras la carrera obligaba al rival a quebrar la cintura
para frenar la inercia de su cuerpo ante el eventual cambio de ritmo y de
dirección de un Luis que buscaba la ventaja en el momento oportuno.
Ambas particularidades hacían de Luis Suárez un jugador
interesante, le faltaba el atrevimiento del osado y la guinda del gol. A lo largo de
ese año fue rompiendo la timidez propia del recién llegado y a cada oportunidad
fue tratando de mostrar sus virtudes e incrementar su esfuerzo para romper con
los obstáculos que uno mismo se va creando. El atrevimiento fue llegando con la
confianza y el gol con el atrevimiento. De tal forma que al final de la
temporada, Luis Suárez había dejado de ser una joven promesa para convertirse
en toda una realidad futbolística. Un
año en la élite que le serviría para convencerse de que era capaz de competir
en lo más alto y de mostrarse tal cual él era y entendía
el fútbol, con clase y esfuerzo, haciendo gala del nombre de su primer equipo,
Perseverancia, en cada ocasión que se le presentaba.
Al
Barça para aprender
Su estancia en La Coruña estaba llamada a ser corta y en
el traspaso de su compañero Dagoberto Moll al F.C. Barcelona, se incluyó al
joven Luis Suárez, quien en principio estaba destinado a formar
parte del España Industrial, equipo filial por aquellos años del gigante culé.
Luis había llamado la atención de los entendidos del club catalán, a pesar de
que su única visita al vetusto campo de Les Corts se había saldado con una
goleada por seis goles a cero.
En
su primera temporada, 1954-1955, el entrenador italiano Sandro Puppo lo
coloca en la posición de centrocampista
defensivo, de mediocentro organizador, en la que tendrá que
aprender a defender, a responder a las complejidades del juego desde una
perspectiva diferente a la que había aprendido en La Coruña, en donde jugaba
con una tendencia más ofensiva y despreocupada.
Con el técnico italiano, promotor de la defensa en zona y
de las ayudas defensivas inherentes a esta, Luis Suárez entendería la labor del
centrocampista integral, comprometido con las dos tendencias a las que
obliga el juego: defender, con las connotaciones solidarias propias de una
posición de vital importancia estratégica, y atacar, siendo referente del
proceso creativo que garantiza la evolución de la jugada hasta sus estadios
finales.
Ahí,
en dicho contexto, Luis
Suárez empieza a definir su personalidad futbolística hacia
una dinámica abierta y diversa, en la que no solo manifiesta el talento natural
que lleva implícito en su persona, sino que descubre su tremenda capacidad para
entregarse desinteresadamente a los compromisos colectivos. Ahí aprende a leer
las realidades del juego para resolver situaciones a través de las ayudas y
desde esa restricción espacial comprende la importancia de saber dar el pase
definitivo en el momento idóneo, su gran virtud implementada desde situaciones
de juego menos protagonistas.
Un
Barça de futuro y un saco de boxeo
En
este ejercicio tiene el privilegio de jugar con uno de sus más admirados
ídolos, el delantero leonés César
Rodríguez, con quien compartirá vestuario en un breve período
de tiempo. En esa época de dominio madridista, el FC Barcelona estaba gestando
un equipo de inmenso talento, en el que destacaban figuras de la talla de Ramallets, Biosca, Segarra, Gonzalvo,
Basora, Kubala, Manchón o el uruguayo Ramón Villaverde. En
esa plantilla trataban de hacerse un sitio y ganarse un prestigio las jóvenes
promesas Olivella o Eulogio Martínez quienes
con Luis Suárez representaban la sabia nueva del sentir blaugrana.
Barcelona
pronto se convierte en su casa. Como todo jugador soltero, Luisito dormía en la
pensión Miranda, de la calle Casanova, dado que a pesar de que el Barcelona era
un club grande, no era tanto como representa actualmente. Habitualmente comía
en el restaurante Gulia y con sus primeros sueldos logra adquirir un Renault
Dophine e invertir en un pequeño negocio para el futuro con su compañero, el
portero Goicolea.
Una mercería dedicada a piezas de punto que en el momento de su marcha a Milán,
transfiere a su socio y compañero de equipo.
En
su segunda temporada, el FC Barcelona es dirigido por el mítico ex
portero Ferenc Platko,
quien percibe a un Suárez con un físico escaso para las exigencias deportivas
que el estimaba debía acometer. Como consecuencia de dicha percepción instala
en el vestuario del equipo azulgrana un saco de boxeo para que Luisito se
ejercite y desarrolle la fuerza. La personalidad del de Monte Alto apareció de
inmediato, replicando con su deje gallego característico que él había ido a Barcelona
a jugar al fútbol y no a practicar boxeo. El saco de boxeo desapareció del vestuario azulgrana de
inmediato.
El
protagonismo, Helenio Herrera y el final del Real Madrid de Di Stéfano
Pronto Luis Suárez empieza a asumir roles de protagonismo
en un equipo en el que Evaristo, Kubala, Koksis o Villaverde tienen especial
repercusión en el grupo. Ladislao Kubala representa la vieja escuela
barcelonista, un jugador que marcaba la línea de actuación general, con una
técnica individual y una capacidad para aglutinar responsabilidad, pasmosa.
El
joven Luis aprende de todos aquellos que comparten con él un vestuario lleno de
calidad y talento. El equipo se empieza a cohesionar y tras el paso en el
siguiente ejercicio de Domingo
Balmanya por el banquillo, llega a la ciudad condal el
gran dinamizador del juego culé, Helenio
Herrera. A partir del ejercicio 1957-58, el FC Barcelona inicia
una época de triunfos, rompiendo con la hegemonía incontestable de un Real
Madrid liderado por Alfredo
Di Stéfano.
Entre
1957 y 1961, el FC Barcelona se haría con dos ligas consecutivas, dos Copas de
Ferias y dos Copas del Generalísimo, además de jugar la famosa final de Copa de
Europa en Berna en 1961, “la
final de los postes”, en la que su equipo perdería por tres
goles a dos contra el Benfica de Lisboa. Esa final supuso el fin de la
hegemonía de un Real Madrid incontestable que fue eliminado en semifinales por
su eterno rival en una eliminatoria histórica. Ese encuentro, la final de
Berna, en la que Luis Suárez estaba ligeramente lesionado, supondría el último
partido del jugador gallego para el equipo blaugrana.
En
la etapa exitosa de Helenio Herrera, desde 1957 a 1960, el papel de Luisito en
el equipo tomó un cariz más relevante desde el punto de vista ofensivo. Su
posición se adelantó ligeramente y su protagonismo en la dinámica general del
grupo se benefició de su nueva ubicación en el terreno de juego. Luis mantenía
su línea de trabajo y compromiso colectivo pero abordó desde la creatividad y
el talento, el ejercicio de una tendencia atacante que se veía positivamente
influenciada por la gran cantidad de jugadores ofensivos que se movían a su
alrededor, en especial Kubala,
Kocsis y Evaristo, jugadores con los que se entendía a la
perfección.
Luisistas
y Kubalistas y el Balón de Oro español
Su
evolución fue creciendo en importancia y la relevancia de su figura fue
adquiriendo dimensiones cada vez más trascendentes. Tal era, que en determinado
momento, la afición
se empezó a manifestar en dos corrientes, la kubalista y la luisista,
siendo el jugador coruñés un exponente de la nueva dinámica impuesta por “El
Mago”, Helenio Herrera, quien tenía una especial debilidad por Luisito y un
manifiesto distanciamiento con Ladislao Kubala.
El último ejercicio de HH en el FC Barcelona supuso la
explosión definitiva de Luis Suárez a título individual, jugando a un nivel de
incidencia colectivo magnífico. Ese ejercicio la revista
francesa France
Football le otorgaba el premio al mejor jugador de Europa,
sustituyendo en el máximo reconocimiento continental al mito, Alfredo Di Stéfano. Se
convertía en el primer jugador y hasta ahora único, nacido en suelo español
galardonado con tal consideración.
Con
veinticuatro años, el más joven en haber alcanzado tal reconocimiento
individual, Luis Suárez había llegado a la cima como deportista. En el FC
Barcelona era una referencia obligada y como lo denominó Alfredo Di
Stefano, “el
arquitecto” del juego del equipo catalán.
Las virtudes (y el defecto) de Luis Suárez Miramontes
A
la virtud de la visión de juego y del dominio de la suerte de pasar, había que
incorporar el olfato
de gol y el sentido de la oportunidad cuando progresaba
desde posiciones retrasadas para abordar la finalización de la jugada. Luis
Suárez, además, había potenciado su destreza individual, convirtiendo su
repertorio de regates en algo habitual en su juego pero manteniendo su
característico recorte con el exterior de la pierna derecha para afrontar
posteriormente el final del proceso de dribling con una salida explosiva y una
acción posterior dominante que generalmente acababa en un pase en profundidad a
un compañero situado en posición de finalizar con éxito o en su defecto, en un
tiro ajustado no exento de potencia.
La mayor virtud de Luis en el FC Barcelona fue saberse
asociar,
acomodando su participación a cada momento del juego, siendo su capacidad para
tomar decisiones un valor en alza que potenciaba el juego de conjunto. Su
visión y su inteligencia eran acompañadas de una enorme capacidad de sacrificio
y una ratio importante en la acción de robar balones, siendo él quien solía
iniciar los procesos de contragolpe tras una acción de esfuerzo individual que
terminaba con el premio deseado, el robo de la pelota.
Otra
virtud poco destacada era su particular intuición para realizar la acción de presionar partiendo de
posiciones de ayuda defensiva, generalmente una cobertura. Su
especial sentido solidario lo acompañaba en toda acción derivada del proceso
defensivo, provocando situaciones de superioridad que facilitaban el ejercicio
colectivo de la presión. Su visión del juego defensivo ayudaba a crear
situaciones de ventaja que posteriormente terminaban en la recuperación de la
pelota y posterior desarrollo de acciones ofensivas.
Solo un lunar en su completo repertorio competitivo, la
cabeza la tenía para pensar y anticipar las acciones a desarrollar porque no se
le recuerda que dominase la suerte del remate de cabeza y como él
bien dice en reiteradas ocasiones, no logra acordarse de haber marcado ningún
gol de cabeza a lo largo de su carrera, incluso, no se acuerda, dice medio en
broma, de haberle dado de cabeza alguna vez.
Fichaje
récord por el Inter de Milán
Lo
cierto es que, tras la final de Berna, con un resultado traumático para la
parroquia blaugrana, Luis
Suárez es traspasado al Internazionale de Milano por una cifra récord para la
época, doscientos cincuenta millones de liras, que serán
utilizados por el club catalán para incrementar el aforo del recién estrenado
Camp Nou (1957).
La marcha de Luis Suárez tiene mucho que ver con los
gustos y expectativas de Helenio Herrera, quien un año
antes había abandonado el club de la ciudad condal, para recalar en el equipo
lombardo, a quien trataba de convertir en un referente del calcio italiano.
Luis
Suárez se convertiría en la piedra angular sobre la que giraría todo el
entramado futbolístico de un equipo llamado a crear un estilo propio y a
comandar la competición nacional y continental: el Inter de Milán.
La
transferencia de los servicios de Luis Suárez desde Barcelona al Inter de Milán
fue gestada desde el convencimiento de su principal valedor, Helenio Herrera, y
orquestada bajo la tutela de Ángelo
Moratti, el máximo responsable de la regencia del equipo
italiano y con el asesoramiento del abogado y vicepresidente del club
neriazzurri, Giuseppe
“Peppino” Prisco, todos ellos los principales referentes de un
club que buscaba encontrarse a sí mismo tras años de incertidumbre competitiva
e institucional.
Moratti,
como cabeza visible de un proyecto ambicioso, y Prisco, como su lugarteniente y
persona de confianza, habían contratado en 1960 a Helenio Herrera con el
convencimiento de que los llevaría a las posiciones de privilegio del Calcio
italiano.
El
Mago vivió su primera temporada en el cuadro interista con más quebrantos que
logros, vivenciando un estilo de fútbol que le condicionó mucho su criterio
competitivo. Acostumbrado
al fútbol abierto y alegre practicado en Barcelona, tuvo que adaptar su
percepción estratégica del juego ante el pragmatismo y la capacidad destructiva
que los rivales tenían sobre el juego creativo planteado,
diseñando un modelo de juego que tendería hacia una línea más conservadora en
relación a su distribución espacial sobre el terreno de juego pero sin perder
la espontaneidad propia de jugadores de enorme componente artístico, tal era el
caso de Sandro
Mazzola o Mario
Corso, respetando además el perfil único de un defensa
especial, Giacinto
Facchetti.
Luis
Suárez, una estrella europea
Helenio
Herrera sabía de las capacidades diversas de Luis Suárez y propuso su fichaje
sin ambages, definiendo su perfil a la gerencia del club, quien ya estaba al
tanto del talento y la personalidad del jugador gallego. En la temporada 1961-1962, Luis Suárez
aterriza en Milán con la vitola de ídolo futbolístico continental.
Su estilo definido había dejado huella en el fútbol español y se había
dimensionado tras sus brillantes participaciones en las competiciones
continentales.
El
papel de Luis Suárez en ese FC Barcelona referente había sido estelar. Su
asociación con prestigiosos artistas del balón como Czibor, Kubala, Kocsis o el
brasileño Evaristo, le había proporcionado el entorno ideal para mostrar su
influencia en el juego de conjunto, convirtiendo su figura en la más apreciada
del momento. Su último partido no hace justicia a la aportación de Luis Suárez
a su equipo en todos los años que defendió la casaca blaugrana.
Ese
equipo había hecho todo lo humanamente posible para llevarse el entorchado
europeo y sustituir al incontestable Real Madrid, claro dominador del inicio de
la competición continental. Bela
Güttman, los postes y el infortunio, unidos al enorme talento
de un equipo portugués, inteligente y rápido en aprovechar los errores del
rival, privaron a la parroquia blaugrana de su primer dominio rotundo a nivel
europeo.
Luis
vive sus últimos momentos como barcelonista en la cumbre de su consideración
deportiva, es una estrella en toda regla y contra la norma habitual, afronta la
aventura de irse al club trasalpino como un reto de aprendizaje, dispuesto a
abrir camino en un fútbol que tiende a crecer pero que aún no ha manifestado su
potencial. Luis
Suárez se convierte con veintiséis años en el primer jugador español en
competir en la liga italiana, abriendo la senda de lo que
vendría después para otros jugadores españoles de elevada valoración
futbolística.
Luis
Suárez y el Catenaccio
A
pesar de la confianza transmitida por los tres pilares referentes del Inter,
Moratti, Prisco y Herrera, Luis Suárez no tiene clara la dimensión del equipo
al que llega hasta que se inicia la competición. En pretemporada, juega
diferentes partidos de preparación pero no llega a conocer a todos los
jugadores profesionales del equipo, dado que algunos están ausentes por lesión
u otros motivos. Pero inmediatamente se
dará cuenta de que está rodeado de un colectivo de futbolistas con marcados
rasgos definitorios.
El
estilo de juego adoptado por HH le sorprende en un inicio, con un acento muy
marcado en el juego defensivo, pronto Luis se dio cuenta de las particularidades
del nuevo fútbol al que se iba a enfrentar, un juego más pendiente de limitar
las acciones del rival que de potenciar y dinamizar las suyas propias.
Es Gianni Brera,
prestigioso periodista de la época y un gran seguidor del equipo neriazurro,
quien lo pone en antecedentes sobre las particularidades y estilo del juego al
que debe dar solución, “el
Catenaccio”, término que acabaría convirtiéndose en un sello de
identidad, no solo del juego del Inter, sino de todo un país.
Un
Inter poderoso
Luis
Suárez se acomoda en una posición que ya conocía de sus inicios en el FC
Barcelona. Helenio Herrera le encarga gestionar la zona central del terreno de
juego, definiendo la importancia de su participación ofensiva como lanzador de
los efectivos que jugaban por delante de su posición, principalmente Sandro Mazzola y en
la segunda temporada la llegada de un pilar determinante en el juego del
equipo, Jair Da Costa.
A
su lado, dominando el sector izquierdo, un joven Mario Corso, jugador
zurdo caracterizado por su costumbre de jugar con las medias bajas, inicia su
particular periplo en el club, mostrando su talento natural para el juego y su
especial criterio para desordenar el orden establecido por el riguroso Helenio
Herrera.
Más
atrás, una guardia pretoriana destinada a defender el marco propio y a definir
claramente el estilo adoptado por el entrenador y etiquetado por Gianni Brera,
jugadores del empaque y la inteligencia del líbero Picchi, la
implacabilidad y el estoicismo de Tagnin,
el rigor estratégico y la entrega de Burgnich, la seriedad competitiva y el
sentido del espacio de Guarneri y
principalmente la capacidad para entender el juego desde la elegancia y el
sentido de la oportunidad del lateral izquierdo Facchetti, el primer
gran lateral que mostraría Italia con esa tendencia tan marcada al juego
ofensivo que crearía escuela y sería continuada por el gran Antonio Cabrini, jugador
de la Juventus de Turín y el inmenso Paolo Maldini.
En
poco tiempo Helenio Herrera fue juntando un colectivo de jugadores que se convertirían
en parte determinante de la memoria popular de la ciudad, recitando de
carrerilla unos nombres que significaban éxito y gloria.
Suárez
inició el proceso evolutivo con todos ellos, con la experiencia de saber
comprender el juego en su conjunto y la capacidad de organizar las tareas de
todos alrededor de la suya. Su papel en este equipo es estelar, siendo el principal referente tanto en el
desarrollo de la faceta creativa del juego, como en el ejercicio de contención y
ajuste al que se veía obligado debido al planteamiento estratégico tan marcado
del equipo.
La
dinámica general de la
puesta en escena de este peculiar Inter de Milán era la de una tendencia
defensiva muy marcada, la realidad nos mostró a un equipo con
una capacidad para finalizar acciones de ataque con una enorme incidencia
resolutiva. La posición retrasada del colectivo definía una intención, el
talento y la cohesión de un grupo de jugadores especiales establecía la
producción final, en la que el juego ofensivo se canalizaba a través de un
conjunto de futbolistas que eran capaces de matizar el estilo y de implementar
una propuesta que acababa siendo eficiente, eficaz y atractiva a la vista del
espectador.
En
todo ese entramado, Luis
Suárez era el arquitecto, el director y metrónomo de todos los
desarrollos colectivos, junto a él, Corso por la izquierda, por delante y
escorado a la derecha Jair, y Mazzola, con libertad para moverse por los
sectores frontales y evolucionar al gusto, generaban gran parte de los procesos
ofensivos característicos del equipo. Más tarde se incorporaría como
complemento final, Joaquín
Peiró, quien con refinado estilo colchonero, se adaptaría a la
perfección a la máquina interista de la época.
Un
Inter exitoso
El
equipo estaba siendo definido en estilo y forma pero sobre todo en relación a
los protagonistas principales y con ellos el Inter de Milán viviría su gran momento histórico,
ejerciendo un dominio manifiesto en la competición nacional y
dejando en la memoria futbolística continental gotas de exquisitez que se
convertirían en gloria eterna para una entidad que necesitaba crecer y sentirse
dominante.
Durante
las nueve temporadas que Luis Suárez defendió la camiseta neriazurri, el equipo
consolidó un estilo, definió su propia marca y logró contrastar su propuesta
con los máximos galardones futbolísticos. El Inter de Milán dominó el Calcio italiano, ganando el
máximo trofeo nacional en los años 1963, 1965 y 1966, con un
equipo que fue fortaleciendo su plan estratégico a medida que cohesionaba a sus
miembros y definía las funciones principales de cada uno.
En Europa logra el máximo entorchado en las temporadas
1964, venciendo al Real Madrid por tres goles a uno, y en 1965, imponiéndose al
Benfica portugués por un solitario gol de Jair. Luis Suárez
tuvo la oportunidad de levantar la Copa de Europa ante su máximo rival
histórico en España y contra el equipo que cuatro años antes le había
arrebatado el premio de máximo exponente europeo.
A
lo largo de esos nueve años, Luis
Suárez mantuvo su estatus de máxima estrella continental, siendo elegido balón
de plata en los años 1961 y 1964, además de balón de bronce en 1965.
Destaca
la particularidad de este premio, que en 1964, ejercicio en el que Luis Suárez
es el máximo referente de su equipo, como campeón de Europa y además el capitán
de la selección española que levantó el trofeo de campeón continental frente a
la URSS, el premio fuese a parar a manos del escocés del Manchester
United, Dennis Law,
quizás por la costumbre de no querer repetir galardón en la misma persona de
forma reiterada.
Míticos
son los duelos que mantiene el Inter de Milán con su máximo rival de la ciudad,
el AC Milan,
conocido como el
derbi de la Madonnina, principalmente por la presencia de dos enfrentamientos
de marcado carácter competitivo, el mantenido por los dos estrategas, Helenio Herrera y Nereo Rocco,
y el contraste competitivo de sus dos máximos exponentes en el campo, Luis Suárez y Gianni Rivera,
“il bambino di oro”.
Ambos
equipos representaban la manifestación más palpable del catenaccio italiano y
dos maneras de entender la competición, ambas exitosas y llenas de grandiosos
futbolistas. Gianni Brera se ocupó de dar expresión a un enfrentamiento que
marcó a toda una ciudad durante una década de éxito.
Luis
Suárez, el cerebro del gran Inter de Milán
Luis Suárez es el regista, el cerebro y definidor de la
pauta ofensiva de su equipo, amén del jugador que ajusta su posición para
ejercer una solidaridad, básica en el entramado defensivo del equipo. Su privilegiada
posición estratégica le obliga a leer en las dos vertientes, en la ofensiva,
como lanzador y gestor del juego de ataque de su equipo y en la defensiva, como
primer corrector de las posiciones de sus compañeros y principal baluarte en el
ejercicio de las ayudas defensivas.
Es
en esta faceta en la que vuelve a sorprender Luis Suárez, como aconteció en su
momento en el FC Barcelona a las órdenes de Sandro Puppo, Luis es especialmente inteligente a la
hora de ejecutar el inicio de la presión que permite reducir los espacios
defensivos y buscar la pronta recuperación de la pelota en campo propio.
A partir de ahí su protagonismo se multiplica al dominar el tempo y la dinámica
del juego en la faceta en la que él destaca, el juego ofensivo.
Con
una pauta muy definida, Luis Suárez derivaba el juego interista en dos
vertientes: el juego
corto, a través de su relación con Corso y todos los jugadores
que lo arropaban por detrás de la línea de mediocampistas y el juego largo, con los
lanzamientos en profundidad a Mazzola, Jair o Peiró, con quienes tenía una
especial manera de interaccionar, desde el momento en que Luis dominaba el
esférico hasta el momento en que se lo hacía llegar a posiciones de ventaja.
El juego colectivo del Inter de Milán orbitaba en estos
dos ambientes, un juego colectivizado en zonas de iniciación y
creación, tendente a dominar la gestión de la pelota para iniciar
posteriormente el cambio de ritmo determinante y así sorprender al equipo rival
y, por supuesto, los lanzamientos, principalmente en contraataque que definían
la manifestación ofensiva principal de este equipo.
La
creatividad ofensiva del Inter de Helenio Herrera
Es
importante reseñar la incidencia de jugadores del marcado perfil de Sandro Mazzola, un
futbolista de tal capacidad creativa que condicionaba totalmente el desarrollo
del juego de ataque de su equipo. Jugador indefinido en su posición en el
campo, se manifestaba con clara eficiencia en cualquiera de los sectores
ofensivos del terreno de juego, con capacidad para crear, definir o finalizar
la jugada. Ello influenciaba de manera notable de distribución espacial del
resto de compañeros, dado que Mazzola invadía y ocupaba diferentes zonas del
último tercio del campo, colectivizando el juego de ataque y provocando
incertidumbre, desorden y muchas dudas en las defensas oponentes.
Su
complemento ideal, Jair,
jugador de banda derecha que se proyectaba en ataque desde la cal hacia el
centro, alternando recorridos y favoreciendo la diversidad del juego de su equipo.
Con ellos, Milani o
posteriormente Peiró,
definían las piezas fundamentales sobre las que se asentaba el juego de ataque
del Inter, acompañados de un Corso imprevisible,
capaz de funcionar como un ortodoxo extremo izquierdo o como un centrocampista
centrado en las tareas de pase como en la evolución en carrera por diferentes
sectores del terreno de juego.
Luis Suárez ponía orden y sentido al virtual desbarajuste
que podría parecer la dinámica ofensiva general, que no era más que la
optimización de las virtudes de los miembros del equipo, adaptadas al contexto
colectivo global. Ello indica la enorme capacidad integradora de
Helenio Herrera, un líder y un estratega capaz de combinar la diversidad
individual para componer un conjunto cohesionado y estructurado en lazos muy
sólidos.
Nuevamente
en esta faceta es Luis Suárez quien cobra una especial relevancia, ya que su
posición y sobre todo su inteligencia le permiten ser el nexo de unión entre la
disparidad creativa que lo rodea.
El
Inter hace de este estilo su carta de presentación y confirma su eficacia
alcanzando dos Copas Intercontinentales en 1964 y 1965, con dos enfrentamientos
épicos contra el equipo argentino del Independiente de Avellaneda. El Inter de Milán era en esos momentos
el mejor equipo del mundo y mantendría su mística,
llegando a una final realmente importante en el devenir futuro del fútbol
europeo y que representó el principio del fin de un estilo que debería buscar
nuevas evoluciones estratégicas en un futuro, la citada final fue la jugada
contra el Celtic de Glasgow de 1967, del mítico entrenador escocés “Jock” Stein, contra
quienes sucumbirían por dos goles a uno. En dicha final estuvo ausente Luis
Suárez así como Jair da Costa y puso de manifiesto la línea de actuación sobre
la que atacarían el estilo pragmático y conservador del Catenaccio entrenadores
como Marinus Michels,
defensor claro del Fútbol Total.
Luis
Suárez con la selección española
Como
guinda a la brillantísima trayectoria de Luis Suárez en la década de los
sesenta en el Inter de Milán, se produce un evento en 1964 que marcará de
manera definitoria a toda una generación de futbolistas españoles y por
extensión a todo un país. España
se clasifica para jugar la fase final del campeonato europeo de selecciones
nacionales y logra el mayor logro internacional como combinado alcanzado hasta
el momento.
Bajo
las órdenes de José
Villalonga, asistido por Miguel Muñoz, la selección española logra
clasificarse para jugar la final de la Eurocopa 1964 a celebrar en el estadio Santiago
Bernabéu, contra la todopoderosa URSS. En la fase de semifinales, España logra
imponerse, no sin problemas, al potente equipo húngaro y certifica su pase a la
gran final, evento que sería utilizado por el aparato propagandístico del
régimen para convertir el fútbol y esa selección española en un adalid
indiscutible del anticomunismo reinante, toda vez que enfrente tendrían a su
más manifiesto exponente, la selección soviética del mítico Lev Yashin, la “araña
negra”.
José
Villalonga conformó un equipo joven y promovió un estilo de juego que obviaba
la presencia de los grandes veteranos de antaño. Tal fue así, que el jugador de mayor edad era el propio
Luis Suárez, quien a sus veintinueve años portaría la capitanía
de la selección y sería el encargado de comandar un equipo plagado de entrega
no exenta de calidad.
En
aquel equipo figuraban futbolistas de la talla de Iríbar, todo un
baluarte en la portería de la selección y del Athletic de Bilbao, defensas del
porte de los atléticos Calleja o Rivilla, jugadores
completos en su presencia y en su esencia como Zoco, Fusté u Olivella y
delanteros con productividad diversa e incidencia manifiesta como Amancio Amaro, Chus Pereda, Marcelino o
Lapetra, miembros los dos últimos de los cinco magníficos de
una delantera maña que haría historia.
Al
frente de todos ellos, la estrella
del momento, Luis Suárez, quien levantaría la copa de campeones continentales,
dejando patente un documento que sería explotado equivocadamente durante años,
sin haber refrendado en ningún momento la importancia y la trascendencia
deportiva del triunfo y sobre todo, la relevancia y la
determinación de un colectivo de futbolistas que representaban lo más excelso
del fútbol español.
Igualmente
que en el FC Barcelona y en el Inter de Milán, en aquella selección el papel de
Luis Suárez fue fundamental, su
posición de ancla equilibradora de todo el torrente de juego de la selección
española permitía definir los ritmos y las pausas de la propuesta futbolística
de su equipo, permitiendo las progresiones lanzadas de
jugadores de enorme presencia ofensiva como era Pereda por la izquierda y
Amancio por la derecha, junto con el enorme talento de un Lapetra creativo e
inteligente y la capacidad anotadora de un Marcelino trascendental. Luis aportó a
esta selección la cadencia y la armonía adecuada y se benefició al verse
rodeado de jugadores complementarios y con enorme capacidad para gestionar
espacios y balón como eran Zoco y Fusté.
La
combinación precisa de talentos, esfuerzo e intenciones derivó en el logro
final ante un rival que en todo momento presentó una oposición encaminada a
arrebatar el título de campeón continental al combinado español en su propio
santuario, el Santiago Bernabéu de Madrid.
La
madurez futbolística de Suárez se tradujo en influencia
Rondando la treintena vivió Luis Suárez el momento de
máximo esplendor competitivo. Logró sus mayores triunfos
colectivos y manifestó desde su posición privilegiada el porqué de su
importancia en el contexto futbolístico continental. La técnica que lo
identificaba como un jugador especial se unía al dominio de las
implementaciones tácticas que le permitían incidir en los desarrollos
colectivos e influir en los contenidos globales por la importancia de su
capacidad para decidir en términos de eficacia.
Luis Suárez había llegado al culmen de su aportación como
profesional al aunar en una sola persona la capacidad para
influir en el juego y la inteligencia para derivar situaciones de partido a
partir de decisiones que inducen a comprometer de forma brillante el
comportamiento del colectivo que lidera desde su posición en el campo.
Jugar al lado de Suárez implicaba recibir el balón en
condiciones óptimas, a entender la diferencia entre moverse para
disponer de la pelota al pie o al espacio, comprender la acción en función del
ritmo, si procede una pared o si la progresión se colectiviza con más efectivos
participando. Su aporte facilitaba la tarea de todos aquellos que se movían a
su alrededor y además servía de guía para orientar la posición estratégica de
todos aquellos jugadores que perdían de vista el plan colectivo y desordenaban
sin pretenderlo la estructura global del equipo. Un jugador fuera de su
posición pertinente sabía que tenía en Luis a la brújula que le indicaría en
qué lugar debería recolocarse para seguir siendo útil a los intereses del
equipo.
En
su momento de madurez profesional, Luis
Suárez Miramontes se había convertido en ese jugador que por presencia e
importancia elevaba el valor intrínseco del equipo y
establecía niveles de confianza que redundaban en el bien común del grupo.
Esta
faceta, la transmisión de confianza por su mera presencia es activo
indiscutible de los grandes nombres de la historia del fútbol y Luis Suárez
tuvo el privilegio de ejercer esa influencia en sus compañeros. Ese valor pasa
a formar parte del modelo de juego y se convierte en patrimonio particular del
equipo que disfruta de su presencia.
El
Inter de Milán pensaba en sus desarrollos futbolísticos sabiendo de la
trascendencia de su estrella, no solo en cómo podía desarrollar su fútbol y en
cómo interactuaba con el resto de compañeros, sino que representaba el elemento
determinante que concluía en la cohesión máxima del equipo.
El juego de Mazzola, Jair, Peiró, Corso, Milani y
compañía sería diferente sin la presencia de Luis Suárez, sus
movimientos, sus presencias y ausencias en momentos determinados del juego,
venían condicionadas por la autoridad particular que trasladaba al colectivo
las acciones, decisiones e indicaciones de Luis Suárez en relación con todos
aquellos con quienes convivía en el terreno de juego.
Es
obvio que todo sistema cambia al variar una de las piezas que lo componen y por
el contrario, el sistema evoluciona a medida que una pieza fundamental ejerce
su influencia en el desarrollo individual de todas las demás que la acompañan,
pero en el caso de Luis Suárez, por su posición en el terreno de juego y por su
capacidad de liderazgo, la
importancia de su ejercicio trascendía más allá de la propia eficiencia en los
desarrollos futbolísticos, para influir en las acciones
individuales de todos aquellos que decidían ejercer a su alrededor.
Cuando
se habla de que “jugando
con los buenos se juega mejor”, con Luis Suárez hay que
elevarlo a su correspondiente potencia porque su forma de jugar hacía mejores a
todos aquellos con quienes se asociaba.
En
el momento culminante en el que el aspecto físico, psicológico, técnico,
táctico y estructural se dan la mano del equilibrio, la trascendencia del
jugador pasa a un nivel superior, al momento en el que el futbolista deja de
ser una necesidad para ser una referencia ineludible y eso llevó a Luis Suárez
a ser el jugador
indispensable en el Inter de Milán que Helenio Herrera gestionó para
convertir en el trienio 1963-1966 en uno de los tres mejores equipos del mundo.
Esa
relevancia la llevó a su selección, con quien jugó un total de 32 partidos
internacionales, participando en el mundial de Chile 1962 e Inglaterra 1966,
ambos con resultados poco ajustados al valor de los futbolistas que componían
el combinado y culminó su presencia en la nacional, con el logro más elevado de
la historia reciente de la selección española en su momento, la mencionada Copa de Europa de 1964,
en la que sirvió de guía y referencia a toda una nueva generación de
futbolistas que había sido llamada a sustituir a los componentes de aquel Real
Madrid incontestable de finales de la década de los 50, a las estrellas de
aquel FC Barcelona alternativo que convivió con el equipo blanco en lo más
elevado del panorama futbolístico europeo y a los diamantes que históricamente
salían y brillaban de la extraordinaria cantera de Lezama.
Luis
Suárez, una referencia en Italia y olvidado en España
Los jóvenes valores del fútbol español tenían en su
capitán Luis Suárez a la llave que les abriría la puerta del triunfo. Todos ellos
debían llevarlo hasta la puerta para que el líder pudiese abrir los entresijos
de un fútbol que les permitiese soñar con ser los mejores. Cada uno aportó su
máximo talento y capacidad competitiva y con Luis a su lado, multiplicaron su
valor y sobre todo la productividad de sus actos en común para consolidar como
equipo las decisiones e ilusiones puestas individualmente.
Esa relevancia es la que se recuerda constantemente en
Italia, país en el que Luis Suárez es referencia obligada de su fútbol y es
precisamente la que se ha olvidado en España, bien por falta
de costumbre o por falta de información sobre la trascendencia personal como
futbolista de un gallego que le invitaron a encontrar fuera lo que seguramente
estaba destinado a ejercer en su propio país.
Luis Suárez, como jugador de fútbol que culminó su
trayectoria en lo más alto a lo largo de la década de los años 60, fue uno de
los futbolistas más importantes del panorama internacional, uno de los más
influyentes en su equipo y un jugador que ha permitido a otros alcanzar su
máximo esplendor personal gracias a las asociaciones de las que gozaron. Ese
papel intangible es el que realmente le da valor en relación a otras estrellas
del momento y es por ello por lo que es recordado en la ciudad en la que es
patrimonio ciudadano, Milán, sobre todo de la parte que brilla en su más
profundo neriazurro.
El
final de Luis Suárez en el Inter de Milán
En
el ejercicio 1967-1968 se produce un punto de inflexión en la dinámica interna
del Inter de Milán, ya que esta supone la última temporada del Mago, de Helenio
Herrera en la disciplina interista y además la marcha del presidente Ángelo
Moratti de la regencia máxima del club. Después de ocho años de construcción y
culminación del gran Inter, el controvertido técnico abandona la nave del
equipo de Milán y se inicia una nueva andadura que llevará al club hacia otros
destinos, no muy alejados del éxito. El gran valedor, la persona que trajo al
Inter de Milán a Luis Suárez, se marcha del equipo y es sustituido por Alfredo Funi, quien como
todo buen técnico que entra en un proceso de transición, dura una sola
temporada para dejar paso en el ejercicio 1969-1970 al entrenador
paraguayo Heriberto
Herrera.
Este técnico detecta en su puesta en escena futbolística
una incompatibilidad en la interacción entre Luis Suárez y Mario Corso, lo que le lleva
a trasladar a la dirección del club su decisión de no alinear juntos a ambos
jugadores dado que considera la unión como no adecuada para el rendimiento
global del equipo. Esta situación estratégica planteada personalmente por el
técnico al presidente del club hace que la entidad decida prescindir de uno de
los dos para el ejercicio siguiente.
En
el momento en el que el presidente Ivanoe
Fraizzoli llama a Luis Suárez para comunicarle el informe
del entrenador en el que considera incompatibles a dos jugadores que durante
siete años ha competido juntos sin la menor manifestación de improductividad,
Luis Suárez, de 35 años recibe la noticia con cierta incredulidad pero plantea
al club una decisión que lo retrata como futbolista y como compañero. El jugador gallego conversa con el
presidente y le plantea que en caso de tener que prescindir de alguien, que sea
de él mismo ya que Corso, seis años más joven, aún está en disposición de poder
ofrecer lo mejor de su fútbol, mientras que él está ya en la fase final de su
carrera.
Ante
el insistente interés del Inter de Milán por el jugador de la Sampdoria de
Génova, Frustralupi,
el club de Liguria plantea al Inter la inclusión de Luis Suárez en la
transacción y tras hablarlo con el jugador, Luis Suárez acepta salir del Inter
con dirección al equipo genovés. Allí cerraría su carrera con tres años más de
fútbol y éxito personal.
Luis Suárez, tras nueve temporadas completas en el club
lombardo, se marcha con los máximos honores, siendo reconocido como uno de los
futbolistas más trascendentes de la historia de la entidad hasta ese momento
y con un comportamiento personal que ha marcado la idea que el club tiene de un
líder en toda regla.
Se
marcha en un momento en el que aún tiene fútbol en sus piernas pero con unas
expectativas competitivas que buscan motivaciones más introspectivas. Génova y
la Sampdoria son el lugar ideal para disfrutar del fútbol en un ambiente más
familiar, sin tanta presión mediática y en una ciudad nueva en la que sentirse
tranquilo y querido.
Última
parada: Sampdoria
El
anuncio de la marcha de Suárez del Inter tuvo una magnitud importante en el
calcio italiano y varios equipos se interesaron, a pesar de su edad, en
incorporarlo inmediatamente a sus filas, entre ellos el vigente campeón de esa
temporada, el sorprendente Cagliari
de Gigi Riva. El jugador de Monte Alto, comprometido
personalmente con la Sampdoria desestimó todas las propuestas y decidió
encaminar su último período como jugador profesional en la cuidad del noroeste
de Italia.
En
Marassi, en el estadio Luigi Ferrari y bajo las órdenes de Fulvio Bernardini,
tomaría Luis su último tren como jugador de fútbol, en un equipo familiar, con
costumbres particulares y no tan exigentes como las que tenía que cumplir en su
anterior club y con un colectivo de jugadores jóvenes y con ambición por
competir, entre ellos un tímido veinteañero llamado Marcello Lippi.
Los caprichos del fútbol llevarían a encontrarse
nuevamente en Génova al entrenador Heriberto Herrera, causante
indirecto de la marcha de Luis Suárez del Inter de Milán y el propio jugador
gallego. El técnico paraguayo entrenaría a la Sampdoria con un Luis Suárez
dispuesto a ejercer su cátedra con rigor y sabiduría a pesar de que su cuerpo
tendía a pedir otro tipo de sensaciones menos exigentes.
La temporada de 1973, tras veinte años de carrera
profesional, supone el punto y final de la trayectoria de Luis Suárez como
futbolista. Su camino plagado de éxitos, primero con el logro
deseado de jugar en el equipo de su cuidad, La Coruña, después de afianzarse y
ganar títulos y reconocimiento en un FC Barcelona que pugnaba por la supremacía
futbolística con el incontestable Real Madrid de la época y finalmente en
Italia, en donde encontró su lugar en el olimpo, en un Inter de Milán histórico
y referente en el que triunfó como persona, deportista, futbolista y líder para
finalmente recalar en un retiro tranquilo en un equipo que respetó en
todo momento su status profesional y su particularidad personal, la Sampdoria
de Génova.
En todos ellos dejó Luis Suárez su sello identificativo, ese acento
gallego innegociable surgido del barrio de Monte Alto, ese lugar al que
retornar para ver rugir el Atlántico cada vez que la morriña hace mella, esa
personalidad tranquila en el trato pero arrolladora en la consecución de las
metas y ese saber estar en los momentos estelares, que lo convirtieron en cita
obligada cada vez que alguien se sumerge en la historia de estos clubs.
El
Luis Suárez entrenador
Tras su carrera futbolística, inició Luis Suárez una
experiencia dispar por los banquillos que culminó en el puesto de seleccionador
nacional, cargo que ocupó principalmente en las fases de clasificación al
mundial de Italia 90 y en la fase final del mismo.
Durante
años dirigió la selección nacional sub 21, en la que cosechó sus mayores éxitos
y supo poner a disposición de los jóvenes jugadores toda su experiencia y
sabiduría en el mundo del fútbol. Ahí plasmó otra de sus virtudes, la capacidad
de captar y valorar el talento ajeno, algo que a él le supuso el cambio radical
de jugar en el Perseverancia de los aledaños de su barrio a disfrutar de una
carrera única en el mundo del fútbol.
Luis
Suárez desempeñó esta función durante muchos años en el Inter de Milán y
demostró tener ojo y sensibilidad para la identificación de nuevas estrellas
para el firmamento futbolístico.
Un
legado a valorar
Repetidas veces comenta el contraste entre su impacto en
Italia, país en el que reside y es considerado toda una leyenda viva del fútbol
y España, país que no le ha otorgado todo el reconocimiento que su trayectoria, sus logros y
sobre todo su fútbol merecen. Cierto es que Luis Suárez representa en Italia la
imagen ganadora de una generación especial en un equipo especial y esto le
permite ser considerado de la manera en que los astros lo son tras su paso
firme por un deporte tal cual es el fútbol.
En España no se ha prodigado mucho la intención de dar
valor a sus estrellas y en especial a aquellas que en la dictadura
supusieron un valor usado sin cuidado para intereses que no pertenecen a la
órbita del deporte, pero es cierto que la figura de Luis Suárez, en el
Deportivo de la Coruña, en la selección española y en especial en el FC
Barcelona, es la de un futbolista de luz eterna y prestigio inacabable.
No
se puede hacer una revisión del fútbol español sin pararse a valorar su figura
y no se puede pasar por la Avenida de Hércules sin pararse a pensar que allí,
de pequeño dio sus primeras patadas a un balón un astro del fútbol mundial.
Luis Suárez, vecino del barrio de Monte Alto, coruñés y
gallego, ciudadano del mundo e hijo predilecto del mejor Inter de Milán que se
recuerda es uno de los grandes iconos del fútbol mundial y como tal es
reconocido y respetado. Como gallego de barrio, hijo nacido en la diáspora
que tantos gallegos vivieron y disfrutaron a la par que padecieron y como
entrenador de fútbol y amante de este deporte, no tengo por menos que hacer una
inclinación ante tal insigne figura del fútbol y sobre todo ante tal caballero.


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